El Riesgo de la Existencia
Poesía de Johannes Luis González Guevara
Del libro "Como la brisa que insiste en borrarnos" Ed. Unicornio 2003
será la suerte una manera de temerle al gesto,
cuando el dado crepite en el rostro las disímiles formas
que atrapan al aire escurridizo,
y repetidamente se pose en la oreja
como una brisa que insiste en borrarnos
la primera palabra,
y se tuerza contra la nada
en el sitio donde el pájaro detiene
la desconocida estrategia del tiempo,
imagen que se escapa tras la sombra rutilante.
será la suerte una manera de temer, cuando
apenas el dado detenga la sorpresa a palmadas
y nos burle con bromas retorcidas, como la
muerte al espejo sonríe, como el gesto que
nunca nos dirá si existe.
Cuando roce la sombra
No es oscuridad el muro que enfrentan mis esquinas,
aturdidas por todo viento aglutinador del susurro,
de la carencia acostumbrada a asomarme,
a golpearme el pecho como un latido unísono,
externo,
esternón astillado,
o tal vez más abajo
donde la gravedad me une a su penuria.
Mi vestidura se expande hacia una existencia distinta.
Callado espero otros cuerpos que ocupen el vacío,
la oquedad desesperada entre dos materias:
una creciente,
otra girando torpemente hacia el reverso.
La luz es un caos de partículas insoportables.
La sombra una insoportable escasez de partículas.
Soy simplemente partícula entre luz y sombra.
Del libro "Desde la extraña sinfonía del ojo" Ed. Catauro 2014
Quizás deba elogiar un tormento dentro de tu desgracia prolongada, como un suspiro, antes de marchar, antes que la gota decida su trasgresión y crepite en el vacío o la gloria inventada. El orgullo que sostienes, inútil, bajo el eco doloroso del barrote, te ha mencionado, recuerdas, el no-sitio y el no-habito para cuando pienses en el viaje de hombre sin culpa, regreses la mirada al derredor y describas esos cuatro golpes en la frente:
1- Hombre mirando al espejo
Entre la ceja clara y el arco de mi asombro
una irreverencia del aire,
el pecho alargado por un corazón que desciende
mientras pateo el hueso que glorifica al hombre
y me entrego a la fiesta de los canes hambrientos.
Me piensas, luego existo.
Te miro,
y no pareces habitar en la mirada extraña.
Eres lo real, lo incorpóreo,
el inasible tacto cuando pincho mi ojo.
El dolor es cierto, tú lo inventas.
Mi mano en el pecho del otro,
que es él mismo, quizás yo mejorado,
anuncia la nueva versión de perderme.
Me desnudo para mirarme desnudo,
me desnudo para mirarte,
me desnuda la simplésima parte de mi ser.
(risas en el público)
2- Hombre mirando el reloj de pared
8:55. El tiempo abandona el oficio,
se sienta a mi lado a gastar las horas,
para no ser más la fisura dejada en el labio
del que aprisa pinta la noche como luto del día,
como abrazo que se adueña del instante.
Somos dos para un sólo momento de calma. Me conversas de tu aventura en el hombre, sin padecer la palabra que nos iguala. No pienso detener el tiempo con el tiempo. Somos inevitables, y no entiendes que marchar es la costumbre.
(8:56. murmullos)
3- Hombre mirando un cuadro en blanco
Celebro nuevamente el egoísmo de ser o no ser.
Trazo en el aire una figura, como el delirio,
y de trasfondo el blanco
que precipita el desciframiento de la vida.
Qué más da caer o no caer, ya no hay preguntas, tan sólo una tos ecológica, siempre sana, que interrumpe la paz de los atrios.
De quién será mi muerte podría ser una variante, ahora que el grito se ha agotado y de paso está la queja, el soliloquio.
Soy el autorretrato del encierro,
un punto en el enorme-blanco de este cuadro.
(algunas lágrimas)
4- Hombre mirando...
No sabré la parte sana de mí,
Ustedes han herido todo.
La osamenta golpeada tendré
cuando hayan partido los pájaros
en mi último gesto.
Dónde llevar la existencia sino en lo callado,
en la pátina que golpea la sombra.
No seré el juego de las paredes que se entrecruzan
y continúan su derrumbe
bajo la circunstancia de un goteo.
Seré el destino como incesante mano mutilada.
Seré la angustia.
(aplausos)
Del libro inédito "El riesgo de la existencia" (2004-2012)
II
Esto no se escribe a pensamiento,
se deja caer.
Escuchemos el ruido de la palabra.
No apaguen la luz, que pienso el miedo.
Mi cabeza quiere el nombre, pero no.
Mi cabeza se asusta porque le ha
nacido otro botón de sombra.
Yo la marchito, olvidándome.
No pienso detenerme en ella.
Es más, no pienso.
De lo contrario la luz
se detiene ayer de mí,
mañana de otro, o
quizás hoy indefinido,
indefinible,
in-de-fin.
Esto no se escribe a pensamiento,
se deja caer,
como la manzana en los ojos de Newton.
Primer indicio
Entro en el psico-espacio
sin tratamiento humano,
inhibo el hipo cristalino del dolor,
cubro con mantas ajadas
la fuerza color oscuro.
Ah, mi mente inconclusa,
la claridad no está en el amanecer
sino en el líquido amnios
de aquel primer día materno
donde la madre yacía
cuando la criatura lloraba su miedo.
Es antiquísimo el espacio psico,
el espacio luto, la tontería
de una dimensión tan extraña
como la palabra misma.
Ah, esta historia mal puesta,
que no hay río que la sonría,
que no hay lluvia que la lleve,
que no hay mar que la mueva.
Regreso al punto de inicio,
adonde siempre se retorna,
del síntoma al espacio psico-flexible,
tartamudeando en lo puro,
en la sonrisa redonda como la pena.Del libro de décimas "Apoptosis" (2002-2010)
a CÉSAR VALLEJO,
como un intento de glosar la
distanciaque su gusto dejó
entre afirmación y pregunta.
Un
hombre pasa con un pan al hombro,
arrastra la mentira que le pesatan fuerte clavada en el ijar, esa
cruz de hincarse los días de un asombro,
las semanas sin tiempo, breve escombro
azorándole las manos. La noble
sombra que fiel decía ser al roble
–doliendo fuerte, cerca la costilla–
gotea el derrumbe en su triste orilla.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño,
ya no es el hombro, sostener el pan,
es tejer el sitio donde se dan
la mano pequeña, el abrazo en guiño,
como lluvia al desierto desaliño,
alado pensamiento, ensoñación.
Nadie cede la mano a su perdón,
infinito es el traje de otra acera:
va un pájaro sin brazos. Nadie espera.
¿Voy, después, a leer a André Breton?
Un albañil cae de un techo, muere
y ya no almuerza. Aquel niño derrama
la voz en alarido que lo cansa,
y contempla esa forma de la muerte
atorada en el aire; cómo duele
su infancia perder la vida, dejándola
crepitar contra el cemento. Del áncora
parte su risa, inclina hasta la sangre
y bebe el silencio en paz de su padre.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un banquero falsea su balance,
repite la farsa en toda mirada
que nunca supo mentir la mañana,
y deja la herida para que sane
en el abrigo del cojo –delante,
la silueta del niño. De qué salto
proviene el hombre si apenas atado
por el oro, no sabe el duro friso
que traduce su rostro al descosido.
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda,
ese pie extraviado que anduvo lejos,
tras el mundo, enumerando alimentos
para cegar la culpa que desarma,
en su cojera de intemperie falsa.
Ya se castiga las mientes, aislado,
ya la ceniza retoza en su plato.
La mano puesta en el fuego es la cena,
corazón un tiempo, su boca ceja.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
con la frente cruzada a paso lento.
Llovizna del llanto. Lloroso viento.
Como quien llega de caer, callando
repetidas luces en la voz. Cuándo
detiene la caída su epidemia,
qué cuerpos dehiscentes, cuál endemia
le devora en los ojos toda fuerza.
El niño no sabe. Padre no almuerza.
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina.
Alguien de pie más corto que el otoño
ha puesto la risa a dar un retoño,
donde la muerte brota cual encina
que anuncia el duro polvo en una esquina
del brocal apagado. No vendrá
la luz a callar la sombra, quizá
una pierna y un aire más humanos.
El fusil ya resbala de sus manos.
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
los anuncios finales de la vida.
Queda un mundo por delante: sufrida
copla para el niño que entre remedos
se oculta, huesuda piel junto a credos
que la soledad destina. El delito
no fue contar con los dedos: el mito
no-sueña, no-existe. Cómo llevar
así, la cruz izada en el ijar,
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?
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