a CÉSAR VALLEJO,
como un intento de glosar la
distanciaque su gusto dejó
entre afirmación y pregunta.
Un
hombre pasa con un pan al hombro,
arrastra la mentira que le pesatan fuerte clavada en el ijar, esa
cruz de hincarse los días de un asombro,
las semanas sin tiempo, breve escombro
azorándole las manos. La noble
sombra que fiel decía ser al roble
–doliendo fuerte, cerca la costilla–
gotea el derrumbe en su triste orilla.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño,
ya no es el hombro, sostener el pan,
es tejer el sitio donde se dan
la mano pequeña, el abrazo en guiño,
como lluvia al desierto desaliño,
alado pensamiento, ensoñación.
Nadie cede la mano a su perdón,
infinito es el traje de otra acera:
va un pájaro sin brazos. Nadie espera.
¿Voy, después, a leer a André Breton?
Un albañil cae de un techo, muere
y ya no almuerza. Aquel niño derrama
la voz en alarido que lo cansa,
y contempla esa forma de la muerte
atorada en el aire; cómo duele
su infancia perder la vida, dejándola
crepitar contra el cemento. Del áncora
parte su risa, inclina hasta la sangre
y bebe el silencio en paz de su padre.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un banquero falsea su balance,
repite la farsa en toda mirada
que nunca supo mentir la mañana,
y deja la herida para que sane
en el abrigo del cojo –delante,
la silueta del niño. De qué salto
proviene el hombre si apenas atado
por el oro, no sabe el duro friso
que traduce su rostro al descosido.
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda,
ese pie extraviado que anduvo lejos,
tras el mundo, enumerando alimentos
para cegar la culpa que desarma,
en su cojera de intemperie falsa.
Ya se castiga las mientes, aislado,
ya la ceniza retoza en su plato.
La mano puesta en el fuego es la cena,
corazón un tiempo, su boca ceja.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
con la frente cruzada a paso lento.
Llovizna del llanto. Lloroso viento.
Como quien llega de caer, callando
repetidas luces en la voz. Cuándo
detiene la caída su epidemia,
qué cuerpos dehiscentes, cuál endemia
le devora en los ojos toda fuerza.
El niño no sabe. Padre no almuerza.
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina.
Alguien de pie más corto que el otoño
ha puesto la risa a dar un retoño,
donde la muerte brota cual encina
que anuncia el duro polvo en una esquina
del brocal apagado. No vendrá
la luz a callar la sombra, quizá
una pierna y un aire más humanos.
El fusil ya resbala de sus manos.
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
los anuncios finales de la vida.
Queda un mundo por delante: sufrida
copla para el niño que entre remedos
se oculta, huesuda piel junto a credos
que la soledad destina. El delito
no fue contar con los dedos: el mito
no-sueña, no-existe. Cómo llevar
así, la cruz izada en el ijar,
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?
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